Mi pecado en el km 104

Si pudiéramos entender nuestra pequeñez, jamás desafiaríamos a Dios.

Hace mucho tiempo que decidí no confesarle a un sacerdote lo que mi consciencia considerara incorrecto. Prefiero contárselo a mis afectos.

Como lo que me pasó fue con Dios, que es el padre de todos nosotros, se lo cuento a toda persona que quiera escucharlo. Así tiene más sentido aceptar la falta, para que pueda servirle a alguien más y no cometa el mismo error que yo cometí.

Para cada quimioterapia o radioterapia que Karina recibía durante los cinco años en que se sometió a distintos tratamientos, debíamos combinar nuestros traslados a la capital consiguiendo cómo salir de nuestra comunidad hasta alguna ciudad y desde allí tomar un autobús de larga distancia.

Algunas veces nos hacían el favor nuestros vecinos, otras veces contratábamos a un señor que prestaba ese servicio en el pueblo y que ya dejó de hacerlo, también le pagábamos al transporte que traía a las maestras rurales que venían a dar clases a la escuela. Pero la mayoría de las veces contratábamos a un remise, que es como un taxi pero con tarifas acordadas previamente, que venía desde otra ciudad.

Cuando utilizábamos esa opción, lo hacíamos siempre con la misma compañía, así fue que se forjó una amistad con tres grandes seres humanos, Horacio, Ricardo y Silvio, según el horario en que trabajaran.

Como Karina regresaba muy débil de los tratamientos, a mitad de camino yo me comunicaba con alguno de ellos y nos esperaban en la terminal de autobuses para que ella pudiera llegar lo antes posible hasta nuestra casa y guardar reposo.

Fue así que en uno de los regresos del último tratamiento, me comuniqué con Horacio y le dije que veníamos en camino, que Karina se sentía mal y que estuviera listo cuando yo le avisara para salir de inmediato hacia nuestro pueblo. A los veinte minutos de mi llamado me llama Silvio, para avisarme que Horacio acababa de sufrir un ACV, que lo estaba llevando al hospital y que él lo reemplazaría, que yo le avisara cuando estuviera llegando a la terminal.

Karina me preguntó qué pasaba, le conté, se puso a rezar por nuestro amigo y a pedirle a Dios que lo salvara porque ese hombre cría solo a sus tres hijos. Al rato, ella se quedó dormida por efecto de los medicamentos y yo me quedé pensando en miles de cosas. Fue ahí cuando cometí mi pecado.

Veía el sufrimiento de Karina, sabía que el tratamiento no tenía muchas posibilidades y me aterrorizaba pensar en mi dolor y mi tristeza si ella me faltaba. Con un egoísmo enorme, le pedí a Dios que ese autobús se estrellara para que nos llevara juntos. A los pocos segundos, un automóvil cruzó la ruta sin respetar la señal y nos estrellamos contra él.

Yo lo alcancé a ver porque siempre viajábamos en el primer puesto del piso de arriba por los cuidados inmunológicos. El impacto fue tremendo, abracé a Karina para protegerla del golpe contra el vidrio. Gracias a la pericia del chofer, el autobús no volcó y se detuvo a unos cien metros del choque frenando contra unos arbustos.

Revisé a Karina y le pregunté si le dolía algo. Me dijo que no, que me quedara tranquilo y bajé para ver las consecuencias. En el automóvil viajaba una familia con niños, milagrosamente, no había que lamentar víctimas mortales. Pero el chofer del autobús y la esposa del conductor del automóvil estaban muy golpeados. Llegaron los bomberos, las ambulancias y la policía. Necesitaban testigos para ir a declarar hasta la ciudad más cercana, me preguntaron y les dije que venía dormido, que no había visto nada.

Mentí, porque yo no me podía ir y dejarla sola a Karina, ni mucho menos llevarla conmigo. Nos dijeron que pronto llegaría otro autobús que sólo tenía espacio para diez personas, expliqué la situación de Karina y me garantizaron que tendría prioridad.

Subí a buscarla, le expliqué todo y le confesé lo que le había pedido a Dios antes del accidente.

No se enojó, me dijo con mucha dulzura que ella me entendía, pero que no lo volviera a hacer. Que pensara en mi hija. Que Dios tiene planes y tiempos perfectos, que ella se iría cuando le llegara su momento, pero que mientras teníamos que vivir el día a día, que yo todavía tenía cosas que hacer. Miró por la ventanilla y me dijo, “estamos en el kilómetro 104, voy a anotarlo para recordar que aquí Dios nos dio otra oportunidad”.

Gracias a esa oportunidad, Karina vivió dos meses más, en cuales se ilusionó con poder sanar y tuvimos momentos maravillosos. Un tiempo después logré editar su libro. Ahora puedo compartir cosas de ella que pocos saben y transmitir nuestra idea de Rural Mode. Mi hija todavía puede contar conmigo. Y trato de hacer méritos para que Dios me permita volar junto a Karina. Espero que ella me ayude, porque estoy seguro que Él la escucha. (Afortunadamente, nuestro amigo Horacio se recuperó y se encuentra muy bien junto a sus hijos)

Hoy ofrezco a Dios mi dolor y mi tristeza, por el pecado de haberlo desafiado y haber sido tan egoísta en el kilómetro 104.

 

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